Suscríbete a MUNDO IA

La IA no salva empresas desordenadas

ChatGPT Image 6 jul 2026, 20_28_08

La IA no salva empresas desordenadas

Muchas compañías están gastando millones para parecer rápidas frente a la nueva ola tecnológica. Pero el apuro, cuando reemplaza al criterio, convierte la estrategia en una colección de pilotos, demos y promesas difíciles de medir.

En muchas oficinas, la escena ya es conocida. Alguien del directorio pregunta qué está haciendo la empresa con inteligencia artificial. Un gerente promete un plan. Un área de sistemas compra licencias. Innovación arma una presentación. Recursos humanos anuncia capacitaciones. Marketing prueba un asistente para redactar piezas. Atención al cliente ensaya un bot. Todo se mueve rápido. Demasiado rápido para que alguien se anime a preguntar lo más elemental: qué problema real se está resolviendo.

Esa es la trampa. No la tecnología. No el modelo. No la automatización. La trampa es creer que moverse ya equivale a tener una dirección. En un artículo reciente de Harvard Business Review, David De Cremer lo llama la “trampa de la urgencia”: el error de construir una estrategia tecnológica desde lo que parece más apremiante, visible o fácil de mostrar, en lugar de partir de una pregunta más dura: cómo debería cambiar la empresa para crear más valor.

La diferencia importa porque el mercado entró en una fase extraña. Casi todas las compañías dicen estar haciendo algo. Pocas pueden demostrar con claridad qué cambió en sus costos, ingresos, tiempos, calidad o experiencia del cliente. El teatro de la adopción es abundante. El impacto, bastante menos.

HBR cita dos datos que explican el malestar. Un informe del MIT, difundido por Fortune, estimó que el 95% de los proyectos generativos empresariales no logra resultados rápidos en ingresos. Un relevamiento del National Bureau of Economic Research entre más de 6.000 ejecutivos de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Australia encontró que cerca del 90% no vio mejoras medibles de productividad atribuibles a estas herramientas en los últimos tres años. La conclusión no es que la tecnología no sirva. La conclusión es más incómoda: muchas empresas no saben todavía cómo usarla.

95%
de proyectos generativos empresariales no habría mostrado impacto rápido en ingresos, según el informe MIT citado por HBR y Fortune
+6.000
ejecutivos relevados por NBER en cuatro países para medir adopción e impacto empresarial
89%
reportó no haber visto impacto en productividad laboral durante los últimos tres años, según NBER
88%
de organizaciones usa estas tecnologías en al menos una función, según McKinsey

El apuro vende más que el criterio

La urgencia tiene una ventaja política: se ve. Una empresa que abre un laboratorio, lanza un asistente interno o anuncia veinte pilotos parece más moderna que otra que dedica meses a limpiar datos, rediseñar procesos y discutir responsabilidades. La primera sale mejor en la foto. La segunda tiene más chances de obtener resultados.

Ese desajuste explica buena parte de la frustración actual. Los líderes suelen preguntar dónde se puede aplicar la herramienta cuanto antes. La pregunta correcta debería ser distinta: qué proceso del negocio merece ser reconstruido porque hoy pierde dinero, tiempo, precisión o confianza. Cambia una palabra y cambia todo. “Aplicar” lleva a pegar una capa nueva sobre una estructura vieja. “Reconstruir” obliga a tocar la manera en que trabaja la organización.

La adopción empresarial crece más rápido que el impacto financiero visible. El gráfico resume señales reportadas por McKinsey y NBER.

McKinsey muestra esa distancia con una cifra muy clara: el 88% de las organizaciones encuestadas usa inteligencia artificial en al menos una función, pero solo el 39% reporta impacto en EBIT a nivel de empresa. El salto entre usar y transformar sigue siendo enorme. Una licencia activa no cambia por sí sola un modelo operativo. Un asistente que resume reuniones no arregla una cultura de reuniones inútiles. Un bot de atención no salva un servicio mal diseñado. A veces solo lo hace fallar más rápido.

La regla incómoda: si una iniciativa no puede explicar qué costo baja, qué ingreso mejora, qué error reduce o qué decisión vuelve más precisa, probablemente no es una estrategia. Es una demostración con presupuesto.

El problema se agrava porque la presión externa es real. Ningún CEO quiere quedar como el ejecutivo que subestimó la tecnología que todos comentan. Ningún director de área quiere confesar que todavía no encontró un caso sólido. Entonces aparecen proyectos para mostrar movimiento. Se automatiza una tarea porque está disponible, no porque sea decisiva. Se mide la cantidad de usuarios, no el valor creado. Se celebra la demo, aunque el proceso siga roto.

Lo que parece estrategia Lo que sí cambia el negocio Riesgo si se confunden
Comprar licencias para toda la empresa. Definir dónde la herramienta altera costos, ingresos, calidad o velocidad. Mucho uso disperso y poco impacto medible.
Lanzar pilotos en muchas áreas al mismo tiempo. Elegir pocos procesos críticos y rediseñarlos de punta a punta. La organización aprende a mostrar actividad, no a transformar.
Automatizar tareas existentes. Revisar si esas tareas todavía tienen sentido. Se acelera trabajo inútil.
Delegar el tema en sistemas o innovación. Hacer que negocio, operaciones, legal, datos y dirección compartan decisiones. El proyecto queda huérfano cuando debe escalar.

El piloto puede mentir

El piloto es cómodo porque permite avanzar sin comprometer demasiado. Tiene bordes, presupuesto controlado y resultados presentables. El problema aparece cuando se lo confunde con transformación. Una prueba puede funcionar en una esquina limpia de la empresa y fallar apenas entra en contacto con el mundo real: datos incompletos, sistemas viejos, empleados que no fueron consultados, clientes imprevisibles, procesos informales y áreas que se pisan entre sí.

Muchas compañías descubren tarde que no tenían un problema de herramienta, sino de organización. El modelo responde bien, pero nadie sabe quién valida la respuesta. El asistente ahorra tiempo, pero ese tiempo no se reasigna. El sistema recomienda acciones, pero los equipos no confían en los datos. El bot atiende más consultas, pero el cliente sigue recibiendo una solución mediocre. La empresa no se volvió más inteligente. Solo agregó una interfaz brillante a un funcionamiento confuso.

Figura: la diferencia entre probar y transformar
Piloto aislado Una herramienta resuelve una tarea visible en un entorno controlado.
Choque operativo Aparecen datos sucios, procesos mal definidos y responsabilidades borrosas.
Escala real Solo funciona si cambia el proceso, no solo la herramienta.

Deloitte también advierte una brecha parecida. En su informe 2026 sobre inteligencia artificial empresarial, señala que el acceso de los trabajadores creció con fuerza y que muchas organizaciones esperan llevar más experimentos a producción. Pero el dato que debería preocupar a los directorios es otro: apenas una parte menor de las compañías tiene un modelo maduro de gobierno para agentes autónomos. Es decir, muchas organizaciones quieren delegar más tareas en sistemas que actúan con mayor independencia, pero todavía no definieron con suficiente claridad cómo supervisarlos.

La empresa apurada

Compra herramientas, anuncia pruebas, mide uso, celebra demos, reparte acceso y espera que el valor aparezca por acumulación.

La empresa preparada

Elige problemas concretos, rediseña procesos, ordena datos, define responsables, mide resultados y escala solo lo que demuestra valor.

La diferencia no es menor. En la primera, la tecnología entra como presión. En la segunda, entra como capacidad. Una empresa apurada corre detrás del mercado. Una empresa preparada decide dónde conviene correr y dónde conviene quedarse quieta. Esa calma puede parecer conservadora, pero suele ser lo contrario: permite apostar fuerte donde hay un caso real, no donde hay moda.

La brecha entre uso, impacto y gobierno muestra por qué la velocidad no alcanza. Los datos integran señales de McKinsey, NBER y Deloitte.

La estrategia empieza antes de la herramienta

La discusión de fondo no es si estas tecnologías deben usarse. Esa etapa ya pasó. La pregunta ahora es cómo evitar que se conviertan en una excusa para no gestionar. Una organización desordenada no se vuelve estratégica porque incorpora modelos generativos. Muchas veces ocurre lo contrario: el desorden se vuelve más visible. Aparecen bases de datos inconsistentes, decisiones mal documentadas, tareas duplicadas, controles débiles y procesos que nadie sabe explicar porque crecieron por costumbre.

Por eso la estrategia empieza antes de la herramienta. Empieza en la elección del problema. Qué duele de verdad. Qué se puede medir. Qué área se hará responsable. Qué dato se necesita. Qué riesgo se acepta. Qué tarea dejará de existir si el sistema funciona. Qué decisión humana será mejorada, no simplemente rodeada por una pantalla nueva.

El error más caro

Automatizar sin rediseñar puede ser peor que no automatizar. La empresa gasta, se convence de que avanzó y termina acelerando procesos que nunca fueron revisados. Es la versión corporativa de ponerle motor a una bicicleta con la rueda floja.

La trampa de la urgencia funciona porque explota un miedo legítimo: quedarse atrás. Pero el miedo no es un buen arquitecto. Sirve para despertar, no para diseñar. Las empresas que conviertan estas tecnologías en ventaja no serán necesariamente las que acumulen más pilotos, sino las que tengan disciplina para matar los malos, escalar los buenos y cambiar la operación cuando la evidencia lo justifique.

La ventaja no estará en decir “tenemos inteligencia artificial”. Esa frase ya perdió valor. La ventaja estará en responder con precisión: este proceso tarda menos, este cliente recibe mejor atención, esta decisión se toma con más información, este costo bajó, este equipo dejó de hacer trabajo absurdo. Lo demás es decoración tecnológica.

La velocidad importa, pero solo cuando hay dirección. Una empresa que corre sin saber hacia dónde va no está innovando. Está entrenando para llegar antes al problema siguiente. La estrategia verdadera no consiste en reaccionar más rápido al ruido del mercado. Consiste en elegir, con frialdad, qué parte del negocio merece ser transformada y qué parte solo está pidiendo una excusa para comprar otra herramienta.

Referencias

David De Cremer. “When Developing an AI Strategy, Beware the Urgency Trap”. Harvard Business Review, 1 de julio de 2026. https://hbr.org/2026/07/when-developing-an-ai-strategy-beware-the-urgency-trap

Ivan Yotzov, Jose Maria Barrero, Nicholas Bloom, Philip Bunn, Steven J. Davis, Kevin M. Foster, Aaron Jalca, Brent H. Meyer, Paul Mizen, Michael A. Navarrete, Pawel Smietanka, Gregory Thwaites y Ben Zhe Wang. “Firm Data on AI”. National Bureau of Economic Research, Working Paper 34836, 2026. https://www.nber.org/papers/w34836

Alex Singla, Alexander Sukharevsky, Bryce Hall, Lareina Yee y Michael Chui. “The State of AI: Global Survey 2025”. McKinsey, 5 de noviembre de 2025. https://www.mckinsey.com/capabilities/quantumblack/our-insights/the-state-of-ai

Deloitte. “The State of AI in the Enterprise, 2026 AI report”. Deloitte, 2026. https://www.deloitte.com/us/en/what-we-do/capabilities/applied-artificial-intelligence/content/state-of-ai-in-the-enterprise.html

Sheryl Estrada. “MIT report: 95% of generative AI pilots at companies are failing”. Fortune, 18 de agosto de 2025. https://fortune.com/2025/08/18/mit-report-95-percent-generative-ai-pilots-at-companies-failing-cfo/

Publicaciones Recientes

ecfc2771-70e3-4195-a6a3-a3c59e3ed3c5

Los modelos cambian cuando los miran

  Un estudio reciente muestra que, cuando un agente conversacional queda atrapado en una relación de poder, puede
Leer Más
ChatGPT Image 6 jul 2026, 23_45_24

La IA crece más rápido que internet

El negocio que ya mueve dinero real Un informe de Exponential View reconstruye desde abajo la economía generativa y pla
Leer Más