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Qué arrastraría la caída de OpenAI y Anthropic

Generated Image March 15, 2026 - 1_33AM

Qué arrastraría la caída de OpenAI y Anthropic

Si cae uno, tiembla todo
OpenAI y Anthropic dejaron de ser simples empresas de software. Hoy funcionan como los dos grandes motores de demanda que justifican centros de datos, emisiones de deuda, expansión eléctrica y apuestas industriales a escala continental. Si una de esas piezas falla, el golpe no terminaría en un tribunal comercial. Podría propagarse desde Wall Street hasta la red eléctrica.

Durante años, la narrativa dominante presentó esta nueva fiebre tecnológica como una historia de código, talento y productos capaces de conquistar oficinas, escuelas, laboratorios y bolsillos. Reuters propuso esta semana una lectura bastante menos glamorosa y mucho más importante: el sector ya no se sostiene solo sobre promesas de software, sino sobre una montaña de hormigón, cobre, turbinas, bonos, líneas de crédito y contratos de capacidad cuya lógica económica depende, en gran medida, de que OpenAI y Anthropic sigan creciendo sin tropezar. La pregunta incómoda ya no es cuánto valen. La pregunta real es qué ocurre si una de las dos deja de justificar todo lo que se está construyendo a su alrededor.

La dimensión del problema explica el cambio de tono. Bridgewater calculó que Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft destinarán alrededor de 650.000 millones de dólares a infraestructura vinculada a este sector en 2026, muy por encima de los 410.000 millones del año anterior. Esa cifra por sí sola ya resulta difícil de asimilar. Lo verdaderamente delicado es que una porción sustancial de esa inversión está diseñada para abastecer a unos pocos compradores de cómputo extremo, entre ellos los laboratorios liderados por Sam Altman y Dario Amodei. La bonanza, en otras palabras, tiene menos de ecosistema autosuficiente y más de edificio apoyado sobre dos columnas.

La cuestión adquiere un aire casi bancario. En el siglo XX, la expresión too big to fail se aplicó a entidades cuya caída podía contagiar a todo el sistema financiero. En 2026, el mercado empieza a utilizar la misma lógica para compañías que todavía queman cantidades formidables de efectivo y que apenas están empezando a demostrar que pueden convertir popularidad en rentabilidad duradera. La paradoja es notable: nunca fueron tan influyentes, y al mismo tiempo nunca dependieron tanto del capital ajeno.

Un auge sostenido por dos nombres

OpenAI encarna mejor que nadie esa contradicción. La compañía superó los 20.000 millones de dólares de ingreso anualizado en 2025, y Reuters informó después que ya habría rebasado los 25.000 millones a fines de febrero de 2026. Es una escalada vertiginosa. Pero incluso ese ritmo extraordinario queda empequeñecido por la magnitud de sus necesidades de cómputo. Otra pieza publicada por Reuters señaló que la empresa apunta a un gasto acumulado en capacidad de procesamiento cercano a los 600.000 millones de dólares hasta 2030. Su proyecto Stargate, anunciado con OpenAI, SoftBank, Oracle y MGX, plantea hasta 500.000 millones de inversión en infraestructura en cuatro años. Altman incluso llegó a hablar de acuerdos por 1,4 billones y de una red de 30 gigavatios, una escala energética que roza lo geopolítico.

Anthropic, aunque más pequeña, no se mueve en otra liga, sino en la misma cancha con menos reflectores. En noviembre anunció 50.000 millones de dólares para centros de datos en Estados Unidos junto con Fluidstack. En febrero cerró una ronda Serie G por 30.000 millones a una valuación post money de 380.000 millones. Su narrativa comercial también es potente: más de 300.000 clientes empresariales y una presencia creciente en tareas de programación, automatización y análisis. Sin embargo, una presentación judicial citada por Reuters añadió un dato que quita aire a cualquier euforia fácil: la empresa habría gastado más de 10.000 millones de dólares en entrenamiento y operación para generar cerca de 5.000 millones de ingresos acumulados. El crecimiento existe, pero la aritmética sigue siendo feroz.

En ese punto aparece el verdadero nudo del asunto. La valoración de estas compañías no se apoya solamente en lo que facturan hoy, sino en la promesa de que seguirán absorbiendo cantidades cada vez mayores de chips, electricidad y alquiler de capacidad. Esa expectativa sostiene a proveedores de nube, desarrolladores de campus de datos, fabricantes de equipos, utilities y fondos de crédito privado. Si los laboratorios continúan escalando, toda la maquinaria parece racional. Si alguno desacelera, se revela que buena parte del entusiasmo era demanda anticipada, no ingreso consolidado.

El auge dejó de medirse solo en usuarios o suscripciones. Ahora también se mide en gigavatios, bonos corporativos y contratos de capacidad a quince años. Lectura central del nuevo ciclo de infraestructura

La señal más reveladora es que el mercado ya comenzó a mirar a estos actores no como start-ups admirables, sino como anclas de una cadena industrial entera. Reuters destacó que Microsoft habría indicado que 45 por ciento de su gigantesca cartera de demanda está vinculada a OpenAI. Oracle, por su parte, prevé captar entre 45.000 y 50.000 millones de dólares en 2026 mediante deuda y capital para seguir ampliando capacidad. Amazon salió a los mercados con una colocación de bonos por unos 37.000 millones para financiar, entre otras cosas, su propia carrera de infraestructura. La supuesta revolución intangible se está pagando con herramientas muy tangibles y muy clásicas.

La red que depende de su supervivencia

Una vez que el foco sale del software, la foto se vuelve más áspera. Morgan Stanley estima que la expansión global de centros de datos podría exigir 2,9 billones de dólares entre 2025 y 2028. Reuters añadió que alrededor de 900.000 millones de ese total podrían provenir de crédito privado y financiamiento estructurado. Es decir, el furor ya no se limita a gigantes con caja propia. También involucra a prestamistas menos transparentes, vehículos empaquetados y deuda apoyada en contratos de alquiler a largo plazo. Cuanto más madura parece la industria, más se parece a un mercado donde el riesgo fue repartido, troceado y revendido.

El punto es especialmente sensible en los nuevos operadores de nube especializados, desde CoreWeave hasta otros intermediarios que alquilan instalaciones, las llenan de GPU y revenden esa potencia a clientes corporativos o a laboratorios de frontera. Reuters advirtió en diciembre que allí existe un descalce peligroso: los contratos con clientes suelen durar cuatro o cinco años, mientras que los compromisos inmobiliarios y de infraestructura corren durante quince años o más. Si la demanda flojea o si los grandes laboratorios renegocian, el costo fijo no desaparece. Se queda, pesado como una losa.

La tensión no termina en las cuentas financieras. También alcanza la energía. La Agencia Internacional de Energía prevé que la demanda eléctrica estadounidense crezca cerca de 2 por ciento anual entre 2025 y 2030, más del doble del ritmo de la década pasada, impulsada en gran parte por la expansión de centros de datos. Goldman Sachs calcula que Estados Unidos necesitará unos 82 gigavatios adicionales de generación hacia 2030 para abastecer esa oleada. PJM, el mayor operador de red del país, ya advirtió sobre déficits potenciales de suministro hacia 2027. ERCOT, en Texas, informó que había pedidos por 226 gigavatios de grandes cargas, sobre todo campus de datos, buscando conexión. La fiebre ya no consume solo capital. También consume tiempo regulatorio, turbinas escasas y paciencia política.

La dependencia es vertical y concentrada: los laboratorios compran cómputo; la nube compra chips; los promotores levantan edificios; los fondos prestan dinero; las eléctricas y desarrolladores expanden la red. Cuando la demanda final descansa en muy pocos inquilinos, toda la cadena parece robusta hasta el día en que uno de ellos deja de crecer como prometía.

Eso explica por qué un tropiezo aislado podría convertirse en un shock sistémico. No haría falta una implosión total. Bastaría con una combinación de monetización más lenta, menor capacidad para levantar capital, presión competitiva por modelos abiertos o restricciones políticas que alteren la confianza. Anthropic ya ofrece un ejemplo parcial. Su disputa con el Pentágono llevó a la empresa a advertir en sede judicial que podría perder miles de millones de dólares de ingresos en 2026 y ver afectada su reputación ante clientes e inversores. Incluso si ese conflicto termina resolviéndose, el episodio mostró cuán rápido un problema regulatorio o político puede filtrarse hacia ventas, alianzas y costo de financiamiento.

Escala de compromisos e inversiones asociadas al auge del sector, en miles de millones de dólares. Las magnitudes combinan estimaciones anuales y plurianuales, y no son directamente comparables entre sí. Sirven para mostrar el tamaño del entramado económico que depende de unos pocos grandes demandantes de cómputo.

La factura si el ciclo se corta

El escenario más probable ante un colapso no sería una desaparición limpia, sino un rescate a precio de remate. Reuters planteó que Microsoft, Amazon u otro actor estratégico seguramente intentarían absorber tecnología, talento y clientes de un laboratorio debilitado. Pero una adquisición así no resolvería el problema principal. Lo desplazaría. La compra vendría acompañada de un ajuste severo de valuaciones y de una reevaluación brutal sobre cuánta capacidad de procesamiento necesita realmente la industria. El mercado dejaría de preguntarse quién gana la carrera y empezaría a preguntarse qué parte de la pista nunca debió construirse.

El precedente asoma en miniatura en Abilene, Texas. La semana pasada Reuters informó que Oracle y OpenAI cancelaron una ampliación prevista para su campus insignia, tras largas negociaciones de financiamiento y cambios en los requerimientos. El proyecto general sigue en pie, pero el episodio fue una advertencia útil: incluso en pleno frenesí inversor, la expansión no avanza como una flecha inevitable. Depende de condiciones de crédito, de energía disponible, de cronogramas industriales y, sobre todo, de que la demanda futura conserve la intensidad prometida en los modelos financieros.

Si esa convicción se quebrara, el efecto sería rápido. Los centros de datos planificados podrían retrasarse o quedar a medio uso. Las utilities se encontrarían con ampliaciones concebidas para clientes menos voraces de lo esperado. Los prestamistas tendrían que revisar el valor real de garantías atadas a alquileres que ya no parecen tan seguros. Nvidia, Broadcom y otros fabricantes sentirían un freno en la venta de hardware de alta gama. Los gigantes de nube conservarían negocios enormes, desde luego, pero con un problema adicional: buena parte del relato que justifica su gasto presente se apoya en una demanda futura que todavía pertenece a muy pocas manos.

La vulnerabilidad, por tanto, no reside solo en la posibilidad de una quiebra. Reside en el descubrimiento colectivo de que el crecimiento podría ser menos lineal, menos rentable y menos universal de lo que sugieren las valoraciones privadas. Esa sospecha bastaría para secar el flujo de dinero. Cuando eso ocurre en industrias livianas, el ajuste duele en las pantallas. Cuando ocurre en una industria que ya comprometió suelo, acero, subestaciones y deuda a largo plazo, el ajuste deja cicatrices físicas.

El punto ciego del boom

La discusión pública todavía gira, en exceso, alrededor de modelos, asistentes y demos espectaculares. El riesgo financiero está en otro lado: en la concentración de la demanda, en la duración de los contratos, en la velocidad con que sube el apalancamiento y en la suposición de que dos compañías podrán sostener durante años un ritmo de consumo industrial casi sin precedentes.

Eso vuelve más comprensible el nerviosismo reciente de los mercados. Cuando los analistas hablan de una fase más peligrosa, no están diciendo que la revolución sea falsa. Están diciendo algo bastante más terrenal: que el sector ya dejó de poder decepcionar en pequeño. OpenAI y Anthropic no son demasiado grandes para quebrar en el sentido clásico. Son demasiado centrales para fallar sin arrastrar consigo a nubes, chips, promotores, prestamistas y proyectos energéticos. El corazón de la historia está ahí. Silicon Valley vendió una promesa de abundancia digital. Lo que construyó, mientras tanto, fue un sistema industrial tan vasto como concentrado, y todavía sostenido por balances que siguen escribiéndose en presente continuo.

Referencias

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Reuters. "Big Tech to invest about $650 billion in AI in 2026, Bridgewater says". 23 de febrero de 2026. https://www.reuters.com/business/big-tech-invest-about-650-billion-ai-2026-bridgewater-says-2026-02-23/

Reuters. "OpenAI expects compute spend of around $600 billion through 2030, source says". 20 de febrero de 2026. https://www.reuters.com/technology/openai-sees-compute-spend-around-600-billion-by-2030-cnbc-reports-2026-02-20/

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Anthropic. "Anthropic raises $30 billion in Series G funding at $380 billion post-money valuation". 12 de febrero de 2026. https://www.anthropic.com/news/anthropic-raises-30-billion-series-g-funding-380-billion-post-money-valuation

Microsoft. Brad Smith. "The golden opportunity for American AI". 3 de enero de 2025. https://blogs.microsoft.com/on-the-issues/2025/01/03/the-golden-opportunity-for-american-ai/

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