Quien recorra hoy los centros de computación de Carnegie Mellon notará que el silencio se ha transformado en los últimos cinco años. Hubo un tiempo en que ese mutismo estaba preñado de una lucha interna, una batalla silenciosa entre la voluntad humana y la rigidez inflexible de la sintaxis. Programar era, ante todo, un ejercicio…

Programadores: el fin del genio
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