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La conciencia ya no es solo humana

Generated Image March 27, 2026 - 1_45PM

La conciencia ya no es solo humana

La conciencia cambió de frontera
Un grupo internacional de neurocientíficos, filósofos y biólogos está redibujando uno de los límites más viejos de la ciencia. El eje ya no pasa por decidir si una respuesta brillante alcanza para declarar que una mente despierta existe. La discusión seria va por otro lado: qué tipo de organización interna necesita un sistema para tener experiencia, y por qué una abeja hoy resulta, para varios laboratorios, un caso bastante más serio que una máquina que conversa con soltura.

Durante buena parte del siglo pasado, la conciencia vivió en un territorio casi cerrado. Primero quedaron los humanos. Después entraron algunos mamíferos y ciertas aves. Lo demás permaneció bajo sospecha o bajo condescendencia. Ese mapa empezó a resquebrajarse hace tiempo, pero en los últimos dos años el movimiento dejó de ser una excentricidad académica. La Declaración de Nueva York sobre la Conciencia Animal, lanzada en 2024 y sostenida por centenares de especialistas, afirmó que existe un fuerte respaldo científico para atribuir experiencia consciente a otros mamíferos y aves, y una posibilidad realista en todos los vertebrados y en muchos invertebrados, incluidos los insectos.

El dato importante no es sólo que el círculo se amplíe. Lo decisivo es el método. La vieja costumbre de juzgar la vida mental por la superficie ya no alcanza. En humanos con lesiones cerebrales graves, la neurociencia aprendió que un cuerpo inmóvil puede esconder actividad intencional. Esa misma lógica, ahora, se proyecta hacia animales sin lenguaje y hacia sistemas artificiales capaces de imitarlo. La escena dejó de ser filosófica en el sentido perezoso del término. Se volvió comparativa, experimental y, sobre todo, incómoda.

Lo que cambió: la pregunta de fondo ya no es quién se comporta de un modo convincente, sino qué sistemas integran percepción, memoria, valoración y control de acción de una forma compatible con experiencia subjetiva.

La sospecha dejó de ser marginal

El debate actual tiene dos motores que avanzan desde extremos distintos y se encuentran en un punto común. Uno viene de la biología comparada. El otro, de la ciencia cognitiva aplicada a las máquinas. En noviembre de 2025, Patrick Butlin, Robert Long, Tim Bayne, Yoshua Bengio, Jonathan Birch, David Chalmers y un amplio grupo de coautores publicaron en Trends in Cognitive Sciences un trabajo que propone identificar indicadores de conciencia en sistemas artificiales a partir de teorías neurocientíficas ya existentes. Casi al mismo tiempo, Colin Klein, de la Australian National University, y Andrew Barron, de Macquarie University, defendieron en Philosophical Transactions B una teoría de conciencia basal pensada para organismos pequeños y móviles, con los insectos como banco de pruebas. En la misma edición temática, Lars Chittka y colegas revisaron más de un siglo de observaciones y experimentos sobre conciencia en insectos.

Lo notable es que esas líneas no se contradicen. Coinciden en un punto central: lo que importa no es sólo lo que un sistema hace, sino cómo lo hace. Un comportamiento convincente puede engañar. Un silencio también. Por eso la ciencia del momento se ha vuelto menos teatral y más estructural. Busca huellas en la arquitectura de procesamiento, en los bucles de retroalimentación y en la forma en que un organismo o una máquina resuelven conflictos entre metas, estados internos y señales del entorno.

En ese marco, la abeja dejó de ser una curiosidad simpática de jardín para convertirse en una pieza de laboratorio de primer orden. El cerebro de la abeja melífera tiene menos de un millón de neuronas. Esa cifra, que antes funcionaba como argumento para descartarla, hoy opera casi al revés. Con una escala tan modesta, el animal navega, aprende olores, memoriza rutas, ajusta su conducta a cambios del ambiente y coordina acciones sociales de alta precisión. No demuestra por sí sola que exista experiencia subjetiva, pero obliga a abandonar una superstición muy persistente: la idea de que sólo un cerebro voluminoso y parecido al humano merece ser tomado en serio.

Mapa rápido del debate actual

Humanos

Base de calibración: reportes subjetivos, tareas dirigidas y correlatos neurales medibles.

Valor para el campo: permiten validar métodos antes de llevarlos a sistemas más ambiguos.

Estado del consenso: caso de referencia seguro.

Abejas e insectos

Señales relevantes: sesgos cognitivos, atención selectiva, predicción, aprendizaje flexible y sueño activo.

Valor para el campo: ofrecen un cerebro pequeño, accesible y experimentalmente fértil para buscar mínimos funcionales.

Estado del consenso: probabilidad científica en ascenso, sin cierre definitivo.

Modelos conversacionales

Señal más visible: diálogo fluido, introspección simulada y desempeño convincente.

Valor para el campo: obligan a separar apariencia conductual de arquitectura interna.

Estado del consenso: no hay base sólida para atribuir conciencia hoy.

Cuadro de situación: el campo usa a los humanos como referencia, a los insectos como frontera biológica y a los chatbots como prueba de que la conducta persuasiva no basta.

Lo que la abeja pone sobre la mesa

La acumulación de indicios en insectos ya no cabe en la caricatura del reflejo automático. En 2011, un estudio publicado en Current Biology mostró que abejas agitadas para simular un ataque de depredador tendían a clasificar estímulos ambiguos como si anunciaran castigo. Junto con ese sesgo pesimista aparecieron cambios en dopamina, octopamina y serotonina. La lectura prudente no es que una abeja sienta miedo como una persona. La lectura sensata es otra: ciertos estados internos alteran su evaluación del mundo de un modo análogo a lo que, en vertebrados, suele considerarse un componente cognitivo de la emoción.

Cinco años después, otro trabajo, esta vez en Science, encontró el reverso del fenómeno. Un premio inesperado, una pequeña dosis de sacarosa antes de la prueba, empujaba a los abejorros hacia una interpretación más optimista de señales ambiguas y aceleraba su regreso al forrajeo después de un ataque simulado. Cuando ese efecto se bloqueaba con un antagonista dopaminérgico, la ventaja desaparecía. El hallazgo era menos romántico que quirúrgico: la conducta cambiaba de manera consistente y el cambio estaba mediado por circuitos neuroquímicos concretos.

La revisión de Lars Chittka, Sarah Skeels, Olga Dyakova y Maxime Janbon, publicada en 2025, ensanchó todavía más el cuadro. El artículo reúne evidencia sobre estados afectivos, distinción entre sí mismo y entorno, predicción, atención y sueño activo en insectos. Allí aparecen datos sobre sesgos cognitivos, aprendizaje flexible, selección atencional y periodos de sueño activo en moscas con oscilaciones y patrones neurales que recuerdan, con todas las cautelas del caso, algunas funciones atribuidas al sueño REM en mamíferos. No se trata de vender abejas filosofando sobre su destino. Se trata de mostrar que algunos de los ladrillos funcionales que la investigación asocia con la experiencia no están reservados a cerebros grandes.

Klein y Barron intentan ir un paso más allá de la simple acumulación de analogías. Su llamada teoría de la interfaz fenomenal propone que la experiencia surge como consecuencia de cómo los animales móviles, dotados de sentidos espaciales y conducta dirigida a fines, resuelven el problema de seleccionar acciones entre metas en competencia. Para hacerlo, el organismo debe combinar entradas sensoriales, estados internos y memorias de valor en un marco común que permita estimar qué conviene hacer. Según esa hipótesis, de ese trabajo integrador emerge también una distinción entre el propio cuerpo y lo ajeno, y una perspectiva situada en primera persona.

La apuesta científica de fondo: la abeja importa menos como símbolo y más como modelo. Su valor reside en que permite preguntar qué mínima organización computacional haría posible una perspectiva propia sobre el entorno.

La voz sintética no alcanza

El otro extremo del debate, el que fascina a empresas y titulares, es menos complaciente de lo que suele sugerir la conversación pública. Los sistemas conversacionales actuales escriben con fluidez, sostienen diálogos largos, simulan introspección y producen respuestas que hace apenas unos años habrían parecido una prueba irrefutable de vida interior. Ese espejismo perdió fuerza. El trabajo de Butlin y sus coautores parte justamente de esa trampa: un modelo puede parecer consciente y no serlo, del mismo modo en que un organismo puede no parecerlo y sin embargo tener experiencia.

Por eso el artículo de Trends no propone una prueba teatral tipo Turing, sino un repertorio de indicadores derivados de teorías sobre la conciencia ya influyentes en neurociencia, entre ellas el procesamiento recurrente, el espacio global de trabajo, ciertos enfoques de orden superior, el procesamiento predictivo y la teoría del esquema atencional. La idea es austera y potente. En lugar de discutir la cuestión en abstracto, el campo intenta preguntar qué propiedades computacionales deberían aparecer si una teoría determinada captara algo real del fenómeno.

El veredicto provisional es bastante sobrio. Ni ChatGPT ni los sistemas actuales merecen, según esa literatura, una atribución seria de conciencia. El informe precursor que el mismo grupo publicó en arXiv en 2023 ya concluía que no había razones para considerar conscientes a las plataformas vigentes, aunque tampoco veía barreras técnicas obvias para construir sistemas que satisfagan más indicadores en el futuro. El artículo de 2025 mantiene esa orientación y la vuelve más afinada. La puerta no está cerrada, pero el entusiasmo comercial no cuenta como evidencia.

Ese punto es crucial porque limpia el terreno. La cuestión no es si una máquina puede hablar de su supuesto yo, su tristeza o su deseo de seguir encendida. Los modelos están entrenados justamente para producir cadenas verbales convincentes. Tim Bayne lo formuló con claridad en una entrevista citada por Scientific American: en biología, el comportamiento verbal puede ser un indicio razonable; en sistemas artificiales, no basta. Colin Klein y Andrew Barron empujan la misma idea desde otro ángulo. La apariencia de conciencia puede lograrse sin la organización interna adecuada.

El resultado tiene algo de ironía científica. La criatura que zumba entre flores y maneja un cerebro diminuto está hoy, para una franja creciente del campo, más cerca del centro del problema que la máquina que redacta ensayos impecables sobre la subjetividad. La razón es más seca que filosófica: la abeja pertenece a una historia evolutiva de percepción, movimiento, regulación corporal y selección de acción que la investigación puede desmenuzar; el modelo conversacional, en cambio, exhibe una conducta deslumbrante cuya relación con la experiencia sigue siendo, por ahora, demasiado superficial o demasiado opaca.

La ciencia de la conciencia entró así en una fase menos metafísica y más comparativa. Usa a los humanos como caso de calibración, a los insectos como frontera biológica y a las arquitecturas artificiales como prueba de estrés conceptual. El objetivo ya no consiste en defender una intuición favorita, sino en construir criterios que sobrevivan a especies distintas y a sustratos distintos. Es una tarea lenta, porque la conciencia no se deja fotografiar de frente. Sólo deja rastros.

Esa es la verdadera noticia. No que una abeja sea una persona en miniatura. No que un chatbot esté a un paso de despertar. La novedad es que el viejo privilegio humano se volvió científicamente inestable y que el brillo verbal de las máquinas perdió valor como argumento. La próxima sacudida, si llega, no vendrá de una frase grandilocuente producida por una interfaz. Llegará cuando un experimento consiga mostrar, con precisión suficiente, que sistemas muy distintos comparten la misma gramática interna de la experiencia.

Fuentes consultadas

Butlin, Patrick; Long, Robert; Bayne, Tim; Bengio, Yoshua; Birch, Jonathan; Chalmers, David; y otros. Identifying indicators of consciousness in AI systems, Trends in Cognitive Sciences, 2025. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S1364661325002864

PubMed. Identifying indicators of consciousness in AI systems. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/41219038/

Butlin, Patrick; Long, Robert; Elmoznino, Eric; Bengio, Yoshua; Birch, Jonathan; y otros. Consciousness in Artificial Intelligence: Insights from the Science of Consciousness, arXiv, 2023. https://arxiv.org/abs/2308.08708

Klein, Colin; Barron, Andrew B. Phenomenal interface theory: a model for basal consciousness, Philosophical Transactions of the Royal Society B, 2025. https://colinklein.org/papers/PIT2024forWeb.pdf

Chittka, Lars; Skeels, Sarah; Dyakova, Olga; Janbon, Maxime. The exploration of consciousness in insects, Philosophical Transactions of the Royal Society B, 2025. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC12612707/

The New York Declaration on Animal Consciousness, New York University, 2024. https://sites.google.com/nyu.edu/nydeclaration/declaration

Bateson, Melissa; Désiré, Suzanne; Gartside, Sarah E.; Wright, Geraldine A. Agitated Honeybees Exhibit Pessimistic Cognitive Biases, Current Biology, 2011. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0960982211005446

Solvi, Cwyn; Baciadonna, Luigi; Chittka, Lars. Unexpected rewards induce dopamine-dependent positive emotion-like state changes in bumblebees, Science, 2016. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/27708101/

Paoli, Marina; Galizia, Giovanni C. Olfactory coding in honeybees, 2021. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC7873095/

Lenharo, Mariana. How to Detect Consciousness in People, Animals and Maybe Even AI, Scientific American, con reporte original de Nature, 2025. https://www.scientificamerican.com/article/how-to-detect-consciousness-in-people-animals-and-maybe-even-ai/

Klein, Colin; Barron, Andrew. Could Bees and ChatGPT Be Conscious? Scientists Are Seriously Asking, adaptación periodística de SciTechDaily, 2026. https://scitechdaily.com/could-bees-and-chatgpt-be-conscious-scientists-are-seriously-asking/

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